“Viviendas blancas”
Este conjunto, que denominamos “viviendas blancas” (los nombres nunca son indiferentes), forma un parque dedicado a proporcionar vivienda en alquiler a los hogares que no puedan acceder al mercado (ni al libre ni al protegido). Forma parte del parque municipal de viviendas, en el que también se incluyen otras “de protección pública”, que se alquilan conforme a la normativa de precios regulados, y que suelen denominarse “asequibles”. Con frecuencia los parques públicos (es decir, destinados al alquiler, y de gestión y propiedad pública), aúnan esos dos componentes. Lo que con frecuencia da lugar a equívocos. Pues se habla de “vivienda social” cuando a veces se refieren solo a uno de los dos grupos, que no se especifica.
Porque por un lado están los parques públicos (permítannos repetirlo) con viviendas que en nuestro país se han venido denominando “protegidas”. Y por otro, los que incorporan viviendas de “alquileres sociales para las personas más vulnerables” (Burón). Ambos conjuntos se consideran, con razón, “viviendas sociales”. Pero tienen un carácter distinto. En uno domina la cuestión netamente residencial, en otro más marcadamente social. En nuestro parque municipal hay viviendas de “alquiler asequible” (protegidas) y otras de “alquiler social” (las blancas).
Como sabemos, la política de vivienda no se refiere a un solo tema, sino que siempre es compleja y, como gusta decir, poliédrica. La formación de parques públicos (con esos dos segmentos) es una de las caras del poliedro, y constituye una política que está presente en múltiples ciudades de todos los países (y cuando decimos todos, es todos). Parques de viviendas gestionados por la administración, que, aunque por sí solos, obviamente, no resuelven el problema de la vivienda (en ningún sitio), ayudan (también sin ninguna duda), a aliviarlo.
Unos parques públicos que tienen larga historia. Surgen a finales del XIX y eclosionan en la década de 1930, para proporcionar vivienda a la clase trabajadora que llegaba a las ciudades, donde el mercado ofrecía viviendas caras, o en malas condiciones o insuficientes. Y así se levantaron nuevos barrios municipales en Inglaterra, Alemania, Holanda o Nueva York, y en muchos otros lugares (porque no es un asunto exclusivo, para nada, de la socialdemocracia europea). Conjuntos de vivienda pública, de gestión pública, alquilados con precios públicos.
En las últimas décadas del siglo XX, por sus evidentes dificultades de gestión, muchos gobiernos, ahítos de neoliberalismo, se desprendieron de buena parte de sus efectivos (Gran Bretaña, Alemania, Suecia, Países Bajos, …). Algunas administraciones los fueron vendiendo a los inquilinos (conforme al modelo Thatcher, denominado “derecho de compra”), y otras, directamente, en bloque, al mejor postor (ejemplo Ana Botella). Pero a pesar de esas pérdidas, siguen representando un porcentaje todavía importante del parque residencial de las ciudades.
Como sucede con tantas políticas públicas de carácter social, nadie ignora sus problemas y dificultades. Empezando por la asignación de las viviendas (¿quiénes tienen más derecho a acceder?), la renta que se determina (definida en función de los ingresos y otras circunstancias), el mantenimiento (para lo que se contratan empresas especializadas), o la evitación del estigma, entre otras cuestiones problemáticas.
Pero además debe ser suficiente, ha de tener un tamaño apropiado. Lo que se pone de manifiesto especialmente en momentos de crisis. Hoy todo el mundo habla de Viena, que cuenta con un parque enorme, que se viene constituyendo desde hace muchos años y que aloja a un amplio espectro de la población. Pero, aun sin pretender llegar a sus dimensiones (se formó en circunstancias excepcionales), es necesario quedarse con un aspecto esencial de su fortuna: la perseverancia. Desde hace más de cien años comprando suelo, construyendo, gestionando, sin desmayo.
Un asunto más, pero un asunto crítico
¿Y cuánto es bastante? Pues si la necesidad ha crecido enormemente, y en Valladolid se cifra ahora en más de 1300 viviendas, el parque de viviendas blancas debería llegar a esa cifra. Para lo que falta muchísimo. Se nos ha acusado de estar obsesionados con el número, y respondemos: por supuesto. Es necesario seguir ampliando el parque con viviendas “normales” (iguales a las de arriba, abajo o a los lados, como dijimos antes), como las que habitan tantos hogares de la ciudad.
Es verdad que este asunto políticamente rinde poco y da problemas. De hecho, la Junta de Castilla y León (la administración que, no lo olvidemos, tiene la competencia de vivienda, es decir, la responsabilidad de que el sistema residencial funcione para todos) hace muchos años que ignora absolutamente las necesidades de vivienda de la población más vulnerable. Ahora que la vivienda está en primer plano, se dedica a promover vivienda joven, pero nada en absoluto a atender a las necesidades de los hogares más vulnerables. El actual ayuntamiento (PP-VOX) no hace más que manifestar su disgusto con el parque de viviendas blancas. Por supuesto, los planes de vivienda que formulamos en 2917 y 2021 (en la Sociedad Municipal VIVA) eran más ambiciosos y complejos, y contemplaban también otras políticas más vistosas. Pero el parque público de vivienda social es necesario, imprescindible, y requiere perseverancia para ampliarse.
Un no parar hasta alcanzar unas cifras suficientes. Y, a más a más, no solo para viviendas blancas, también para las públicas “protegidas”. Pero en el caso de las primeras, que sigue requiriendo discreción, como dijimos, también exige cierta reserva política. Porque es un parque que no se inaugura, no se entregan llaves, no deja ningún legado reconocible en la ciudad (con lo que gusta “el legado” en la política). Es un proyecto que casi solo es un número, una textura, que se va formando como una constelación de piezas sueltas en la ciudad. Y que se forma en el largo plazo. Que no se resuelve en cuatro años. Que se parece a una carrera de fondo que no se ve, sin público. Pero que las calles de la ciudad, que lo acogen, lo saben bien.