
(Imagen: Un parking vacío. Procedente de elespanol.com)
Túneles del miedo, parkings del miedo, accesos al metro del miedo
Hay cinco malas prácticas políticas, al menos, que se aplican por el Ayuntamiento de Valladolid en su actual reclamación del soterramiento de las vías del tren: falsear la información, despreciar el gasto público, guiarse por agravios comparativos, la incapacidad de reconsiderar las decisiones, y cebar el miedo en algunos espacios públicos.
Falsear la información, como se hace (por ejemplo) al asegurar que la presencia de las vías es la causa principal de las diferencias de renta entre unos y otros barrios. Pero no es cierto. ¿Han observado, por ejemplo, la renta del nuevo barrio de Ariza, situado en el «lado malo» de las vías? (Sobre esta cuestión, puede verse el punto 3.9 del Informe recogido en https://manuelsaravia.es/la-audiencia-publica-integracion-del-ferrocarril-la-ciudad/). ¿Se han dado cuenta -otro ejemplo- de que en el sector de Delicias situado entre las calles de San Isidro y Tórtola hay más renta que en el ámbito de enfrente, al otro lado de la vía? ¿No es cierta la afirmación de El Día de Valladolid (20-02-2022) de que el supuesto “efecto vía” es “descartable”? Y, sin embargo, se mantiene impertérrito el eslogan: Hay 90.000 vecinos «segregados» en el «lado malo» de las vías.
Se desprecia el gasto público cuando, si la inversión procede de otras administraciones (central o europea; aunque nada se dice, por cierto, de la autonómica), no se quiere entrar a considerar si es más o menos pertinente. El estímulo de los agravios comparativos, que cada vez ocupa una mayor centralidad en el debate social y político, forma parte de las peores prácticas políticas. Hoy mismo leemos este tipo de afirmaciones: “Se favorece a Cataluña”, o “Madrid nos roba”, tanto da. No hablemos de desigualdades entre personas, clases, grupos sociales, sino mucho mejor entre CCAA o ciudades. La palabra en boga de estos tiempos es “merecer”. Valladolid, como si fuese una persona trabajadora y responsable, “esta ciudad”, se merece esto o aquello. (Por supuesto, siempre premio, nunca reproche). Se censura también que se modifique una decisión previa. Como si no hubiese nunca que atender a nuevas circunstancias (sobrevenidas o descubiertas), por determinantes que pudieran ser.
Pero querríamos comentar ahora la última cuestión que se citaba más arriba: el (imprudente, irreflexivo) estímulo del sentimiento de inseguridad que se resume en este otro eslogan, aplicado a los pasos bajo las vías: los «túneles del miedo». Es obvio que los espacios subterráneos suscitan siempre ansiedades y temores, ligados a una imaginación desfavorable. Desde luego, no basta con informar dónde se localizan las denuncias de posibles delitos para aliviar el temor, ni aludir a la existencia de otros espacios “del miedo”. Pues, evidentemente, es preferible siempre moverse por espacios abiertos, rectos, luminosos, vigilados, nunca solitarios ni vacíos. Y, sin embargo, en ocasiones se opta por dirigir los recorridos o construir espacios con soluciones (arquitectónicas o urbanísticas) que no atienden por completo a los requerimientos anteriores.
Oigamos, en relación a los aparcamientos, a Carlos Garrido: “El cine ha aprovechado sobradamente la impresión algo siniestra de un parking desierto. Las perspectivas, los ecos y resonancias, la sensación de encontrarte absolutamente solo. A merced de las sombras”. Y, sin embargo, se siguen situando, prácticamente siempre, en sótanos, con accesos puntuales y limitados. Y se hace así por razones funcionales. Sin más.
Y lo mismo sucede con las entradas al metro, donde son frecuentes los, a veces larguísimos y estrechos, pasillos subterráneos de acceso, o de enlace, que tampoco se ponen en cuestión. De hecho, se siguen construyendo nuevos túneles suburbanos para peatones (dos ejemplos, entre muchísimos más: 2019, en Madrid, un nuevo túnel, de 90 m. de longitud y 5,5 m. de anchura, en Montera, para enlazar las estaciones de Gran Vía y Puerta del Sol; 2025, en Valencia, otro túnel bajo la calle Alacant, de 260 m de longitud, para conectar dos estaciones de Metrovalencia).
Por supuesto, en los garajes y en el metro, con la puesta del sol crece la desconfianza, el miedo de los usuarios, sobre todo en las mujeres. Pero ninguna de esas soluciones subterráneas se cuestiona. Se piden, en todo caso, mejoras. Pero es un tipo de infraestructura que se considera útil y suficientemente segura. Sin duda hay que minimizar la sensación de miedo en todo el espacio urbano de la ciudad, y especialmente en los elementos de mayor afección (recogidos en distintos “mapas del miedo”). Mas, al decidir la actuación, tanto en el paso bajo las vías como en los demás ámbitos que comentamos, deben considerarse todos los aspectos relevantes. Es sabido que estimular el miedo es muy fácil (aunque selectivo, desde luego; pues no se hace, por ejemplo, para advertir de los peligros de un túnel para trenes llenos de viajeros).
En todo caso, no parece que sea una práctica política muy responsable.