
Werner Heisenberg delante de la pizarra, en www.lasillavacia.com.
(1). Brian Greene, El tejido del Cosmos (Crítica, 2004), pp. 132-133.
(2). Rachel Hall, “Notting Hill: 25 years after the film, what is left of the district’s character?”, The Guardian, 24 de febrero de 2024.

Imagen de la película Notting Hill (Roger Michell, 1999), con Julia Roberts y Hugh Grant. Foto: Universal Pictures. Procedente de www.eltiempo.com.

Notting Hill en https://www.flickr.com/photos/nezihiyavuz/53345423823
La luna sobre Notting Hill (Werner Heisenberg y Julia Roberts)
Está claro. “Cuando medimos la posición de cualquier objeto, generalmente interactuamos con él de alguna manera”. Porque esa observación no solo nos afecta a nosotros, “sino que afecta también al objeto cuya posición se está determinando. Incluso la luz que rebota en un objeto le da un minúsculo empujón”. Es verdad que “para los objetos cotidianos tales como el libro que usted tiene en sus manos o un reloj de pared, el pequeñísimo empujón de la luz que rebota no tiene efecto apreciable. Pero cuando golpea a una partícula minúscula como un electrón sí tiene un gran efecto”. Mirar no es inocuo.
Lo cual significa que “si usted mide la posición de un electrón con alta precisión, necesariamente contamina su propio experimento: el acto de medida de la posición perturba la velocidad del electrón” (1). Observar, repetimos, no es inocuo. La contemplación modifica lo observado. Heisenberg: “Observar es modificar”.
Vamos ahora a Londres. Concretamente, a Portobello Road. En 1999 se estrena la película titulada Notting Hill, que se desarrolla precisamente en ese barrio y en esa calle, de los que la protagonista Anna Scott (Julia Roberts) se enamora (y también de Hugh Grant, es obvio). Pero vamos a lo nuestro: Al presentarlos en la gran pantalla (la calle y el barrio), al observarlos (las calles, los parques), al quererlos… ¿los modificamos, como si fuesen unos átomos cualesquiera? Pues parece que sí. Con esa observación, ampliamente difundida, el barrio se “gentrificó”.
A Frank Akinsete, un ciudadano que ha regentado tiendas vintage y puestos de mercado en la zona durante 35 años, le ha decepcionado ver cómo ha cambiado el barrio desde entonces. Atribuye la gentrificación a la película. “Es un caso de la vida imitando al arte, porque cuando salió la película, la gente como yo, que vivíamos aquí cerca, solíamos burlarnos y pensar: ‘¡Caramba, Julia Roberts y Hugh Grant! Debes estar bromeando’. Pero poco a poco atrajo a una clientela diferente (…). Después de la película, la subida de precios expulsó a gran parte de la clase trabajadora” (2).
Mas, volvamos al principio. Un profesor de Heisenberg, Niels Bohr, sugería que “la luna no existe hasta que alguien la mira”. Y un alumno, John A. Wheeler, remachaba después: ningún fenómeno es real hasta que es observado. Vaya, quién lo diría. Pues parece que, si nos fijamos en la vida de los átomos, en ocasiones quizá fuese mejor no mirar para no transformarlos. Y en la de un barrio magnífico… ¿qué decir? A veces parece preferible no existir en la mirada de quien pueda dañarlo, y seguir siendo un barrio feliz. Con la luna, redonda, quizá inexistente, pero arriba, en la noche.