
Vistas del Río de la Plata, Misisipi y Danubio. (Fotos procedentes de Wikimedia, las dos primeras, y de getyourguide.es, la última).
Argentinidad, americanismo (Juan José Saer y Siri Hustvedt)
En ocasiones viene bien, para entender algo vaporoso, ponerlo en relación con otras realidades paralelas. Tal como sucede con la cuestión identitaria actual, agravada en los últimos años. Para nuestro ámbito podría formularse con esta pregunta: ¿qué es exactamente ser “europeo”? Centrémonos en la Unión Europea. Que, como sabemos, ocupa un territorio con agujeros, como si fuese un queso Gruyère (exacto: uno de los agujeros es Suiza), y desafecciones, como siempre sucede en cualquier grupo de amigos… no sabríamos decir: los Beatles (con Boris Johnson en el papel de Yoko Ono, por supuesto). Es una comunidad con reglas, pero, desde luego, no parecen demasiado agobiantes (uno va a China, otra prefiere Washington, Francia persigue su pasada grandeur y Orbán va a lo suyo: como si lo dirigiese Álex de la Iglesia). Con límites cambiantes (la Europa de los 6, la de los 12, de los 27… y a la espera de otros: ¿vendrá Canadá?), con 24 idiomas oficiales (por ahora) y un abanico complejísimo de relaciones intergubernamentales, tortura de los opositores.
Es una comunidad política tan poco contundente, tan anfibia, que no para de transformarse. Y por eso mismo está en sazón. Vayamos a la Wikipedia (todavía libre): “A diferencia del resto de vertebrados, los anfibios se distinguen por sufrir una transformación durante su desarrollo”. No excita nacionalismos (no hay un nacionalismo europeo, ni se le espera), pero le gusta verse compartiendo algunas normas comunes (por favor: no digamos valores, ni principios), y también algunas prevenciones. Pues uno se define tanto por lo que es como por lo que no es, lo que le gusta y lo que detesta. No le hace falta hablar ni del humanismo cristiano ni de Grecia (qué pesadez, qué artificioso). Porque nos reconocemos en… no sé: el tapón de las botellas de plástico (sexy a tope).
Y en este punto, ha querido el destino (llamémoslo casualidad) que se cruzaran en la mesa un libro de Juan José Saer, sobre la argentinidad, y un artículo de Siri Hustvedt, sobre la americanidad. Veamos.
Saer se sienta al borde del río de la Plata, y allí el cielo, “atado de relatos en ese río al que no se le ven orillas”, domina el paisaje. Un río sin orillas, en el que “la identidad nacional se desvanece”. Porque “un país no es una esencia que se debe venerar, sino una serie de problemas a desentrañar”. Lo permanente “es lo humano que penetra en el río”. De manera que, “en vez de querer ser algo a toda costa –pertenecer a una patria, a una tradición, reconocerse en una clase, en un nombre, en una posición social–, tal vez hoy en día no pueda haber más orgullo legítimo que el de reconocerse como nada, como menos que nada […]. El primer paso para penetrar en nuestra verdadera identidad consiste justamente en admitir que, a la luz de la reflexión y, por qué no, también de la piedad, ninguna identidad afirmativa ya es posible”. Se ha dicho que este libro de Saer (El río sin orillas. Tratado imaginario) es, “sin embargo, feliz, sobre esa categoría ontológica que es la argentinidad”.
Siri Hustvedt también habla de la identidad, de las múltiples personalidades que albergamos. Porque la «diversidad está en el aire». Porque la tendencia populista es un sentimiento reaccionario tendente “a recuperar algo que probablemente nunca existió, una especie de romance sobre los viejos tiempos». Y asegura que estamos viviendo una gran ola emocional: “Muchos hombres blancos sienten como una humillación personal el éxito social y profesional de la gente de color y de las mujeres. Por eso no les importa lo que Trump diga, sino lo que les hace sentir. Un orgullo beligerante y enfadado. Y, para sentirlo, necesitan un chivo expiatorio. El judío, el homosexual, la mujer, el negro, el inmigrante…”. Y así, dando un paso más, Hustvedt ha repetido en diversas ocasiones “una vieja frase que a menudo se atribuye al demagogo estadounidense Huey Long, pero que en realidad fue escrita por un profesor estadounidense poco conocido: ‘Cuando el fascismo llegue a Estados Unidos, lo llamarán americanismo”. Pues ya está.