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Inicio | Anécdotas | Urbanismo aburrido (como la vida misma)

Un fin de semana en La Grand-Place de Bruselas dedicado a las cervezas belgas. Imagen procedente de https://www.brussels.be/belgian-beer-weekend

Urbanismo aburrido (como la vida misma)

A veces se dice: esta ciudad es fea. O este barrio. Pero “consuélate con el hecho de que ser feo es al menos mejor que ser aburrido”, asegura el youtuber Hannes Coudenys. Qué tristeza con la maldita “enfermedad de Occidente” (y de Oriente, por supuesto). ¿Puede hacer algo el urbanismo para conjurar, atenuar, o incluso hacer operativo, funcional, el aburrimiento?

Digamos que no es lo mismo resultar aburrida una ciudad para quien la vive que para quien la visita. Pues estos últimos (llamémosles turistas) puede que lo lleven puesto. Quizá, detrás del afán viajero, pretendan atenuar un aburrimiento existencial, que no se cura “mudando el cielo, pero no el alma”. Esto decía Séneca: “¿Te asombras de que no te aprovechen los viajes cuando vas contigo mismo a todas partes?” Además, aunque haya encuestas de turistas que otorgan a Bruselas el curioso título de ciudad más aburrida del mundo, con su arquitectura, “difícil de procesar por la mente humana”, está, por el contrario, rendida a la riqueza y complejidad de su cerveza. Y por tanto, el visitante siempre tiene algo con lo que consolarse. Centrémonos entonces en los residentes de los barrios aburridos.

John Lennon en la casa adosada de su tía Mimi, en Menlove Avenue de Liverpool, en la década de 1950. Imagen procedente de https://www.reddit.com/r/beatles/comments/z0imd1/john_lennon_outside_his_home_at_251_menlove/?show=original

Suelen citarse dos características de esos ámbitos banales, insustanciales. Por un lado, siempre se alude en ellos a la monotonía. Y así los suburbios de unifamiliares, de “cajitas idénticas” (como reprochaba Malvina Reynolds en 1960, en su canción “Little Boxes”), se ven como lugares tranquilos, sí, pero demasiado tranquilos, también: «donde nunca pasa nada». Por otro lado (la cara opuesta de la misma moneda), son carentes, los pobres, de identidad. “Sin una identidad distintiva, ofrecen poco con lo que conectar” (Boring Cities Bore People). Y es sabido que “reforzar la identidad de cada lugar ha de ser función principal del trabajo urbanístico” (cita de M. de Solà-Morales: lo decía en serio).

En último término, se pide que el espacio resulte significativo. Es decir: interesante. Es decir: sugestivo, intrigante. “Necesitamos exigir sin miedo lo interesante. Necesitamos rebelarnos contra la anodina urbanización de nuestras calles, pueblos y ciudades, y construir edificios que alimenten nuestros sentidos” (Thomas Heatherwick). Y sin embargo, también se defiende que, sobre la imagen insulsa de algunos barrios, lejos de ser desiertos culturales, “han sido un caldo de cultivo fértil para los movimientos artísticos” (por citar, a bote pronto, algunos casos simpáticos: Lennon, Oasis, David Bowie, el dubstep…).

Un edificio diseñado por Heatherwick Studio. Son las nuevas oficinas de Google en Londres. Imagen procedente de https://www.archdaily.cl/cl/tag/thomas-heatherwick 

Lo peor es que hay estudios en los que se asegura que las “estructuras sin alma” tienen un efecto psicológico negativo en las personas que las viven. Una encuesta decía que “el 54% afirmó que caminar por zonas con edificios aburridos afectaba a su bienestar”. Vaya. Y aún más: un estímulo externo pobre podría llevar a comportamientos insanos. Aunque, por el contrario, otros estudiosos defienden prácticamente lo contrario. Como Andreas Elpidorou, que nos habla del “lado positivo del aburrimiento”. Porque -dice el investigador y filósofo- puede ser funcional y provocar una reacción en quienes lo padecen, instándolos al cambio. ¿Entonces?

Más aún. El aburrimiento (lo sabíamos) nos afecta a todos. Un trabajo reciente de Carrie Anne Marshall estudió el aburrimiento en las experiencias cotidianas de las personas sin hogar y también en las que han encontrado vivienda recientemente. “Descubrió que el aburrimiento era una parte importante de la vida de las personas sin hogar (…). La principal causa era la falta de actividades significativas en las que involucrarse (…). Simplemente proporcionar un techo no eliminaba el aburrimiento”.  

Portada del libro de Bruce O’Neill, que también trata sobre El espacio del aburrimiento centrado en las personas sin hogar. En este caso, en Bucarest en 2008. La portada del libro procede de https://www.dukeupress.edu/the-space-of-boredom

(1) «Una cotidianidad monótona y enajenada muy probablemente generará un aburrimiento colectivo (…). ¿Pero qué ocurre si una colectividad toma nota de ese aburrimiento generalizado y se levanta contra él? Quizá fue precisamente esto lo que ocurrió en la revolución de mayo de 1968, revuelta que algunos califican como una rebelión contra el conformismo y el aburrimiento» (Camilo Retana, 2011, citado por J. Ros en op. cit., p. 237). 

Porque (lo sabíamos) el aburrimiento no solo afecta “a los hartos y a los ricos”. Montesquieu estaba seguro de que “todos los príncipes se aburren: prueba de ello, es que se van de caza”. Y Nietzsche garantizaba que también afectaba, incluso, a los dioses (que, en su eterna monotonía, se dedicaban a intervenir en la vida de los humanos para entretenerse). Llega a todo dios. Y a todo lugar.

Y aquí hemos de citar a Josefa Ros, que al final de su buen libro sobre La enfermedad del aburrimiento nos ofrece una propuesta ciertamente interesante: “una reacción potente, especialmente cuando se experimenta de manera colectiva por individuos libres”. Pues, efectivamente, se puede “buscar el cambio, uniendo a muchas personas en una respuesta grupal para acabar con la fuente de aburrición”. Es decir: tomar el aburrimiento como uno de los protagonistas de “los umbrales de época” (1). Donde el urbanismo también podría incorporarse. Para empezar: llenándose de historias. Viéndose no como algo distinto, como un tedio específico, espacial, profesional. Sino incorporándose al estallido común contra el “tedio de Europa” y del mundo (Alberto Moravia).

Y llegados a este punto quizá podríamos citar, para acabar (lo cuenta también Ros), al Platón de las Leyes, que reconocía, el pobre, cómo le atormentaba resultar aburrido a los demás. (Nos lo imaginamos: “Abuelo, ¿otra vez con lo de la caverna?”). Platón preocupado por aburrido. Y obviamente, nosotros también. Perdón.

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